Jesucristo no es un maestro iluminado: es Dios hecho hombre

    Hay una diferencia que durante mucho tiempo quizá hemos dado por sentada, pero que hoy ya no podemos suponer que todos entienden de la misma manera.

    Decir “Jesús” no significa necesariamente que estemos hablando del mismo Jesús.

    Lo descubrí con más claridad al avanzar en este capítulo del P. Gustavo Lombardo. Después de hablar de Dios, de su trascendencia, de su carácter personal y de la diferencia entre el Creador y la creación, el libro llega a un punto que en realidad era inevitable: si hemos deformado nuestra idea de Dios, tarde o temprano también terminaremos deformando nuestra idea de Jesucristo. Y eso es precisamente lo que el autor advierte antes de entrar en la Encarnación. 

    Porque Jesús sigue presente en nuestra cultura. Su nombre aparece en canciones, películas, frases, redes sociales y conversaciones espirituales. Incluso personas que no se consideran cristianas suelen hablar de Él con admiración.

    El problema no está necesariamente en que Jesús desaparezca.

    Tal vez está en que lo convertimos en otra cosa.

    Un Jesús que todos pueden aceptar

    Hay algo curioso: muchas personas que rechazan a la Iglesia no necesariamente rechazan a Jesús.

    Dicen admirarlo.

    Lo consideran un gran maestro, un hombre extraordinario, un revolucionario, un guía espiritual, un ejemplo de amor o alguien que alcanzó un nivel superior de conciencia.

    Y a primera vista no parece haber nada malo en reconocer cosas buenas en Él.

    El problema aparece cuando eso es todo.

    Porque puedo llamar a Jesús maestro y no reconocerlo como Señor. Puedo admirar su mensaje y negar su divinidad. Puedo citar el Sermón de la Montaña, hablar del amor al prójimo y hasta utilizar sus palabras para construir una espiritualidad propia, mientras dejo de lado aquello que el cristianismo ha afirmado desde el principio:

    Jesucristo es Dios hecho hombre.

    • No un hombre que llegó a descubrir que era divino.
    • No alguien que alcanzó una conciencia superior.
    • No una manifestación temporal de una energía universal.

    Dios hecho hombre.

    Y esa diferencia cambia todo.

    Quizá hemos hecho con Cristo lo mismo que hicimos con Dios

    En los capítulos anteriores fui descubriendo cómo podemos conservar la palabra “Dios” mientras cambiamos poco a poco su significado.

    Ahora me doy cuenta de que puede ocurrir exactamente lo mismo con Jesús.

    • Conservamos su nombre.
    • Conservamos algunas de sus frases.
    • Conservamos imágenes suyas.
    • Incluso podemos conservar cierta admiración por Él.

    Pero quitamos aquello que resulta incómodo.

    • Su divinidad.
    • Su autoridad.
    • El pecado.
    • La conversión.
    • La cruz.
    • La necesidad de salvación.

    Y de esa manera podemos terminar con un Jesús mucho más fácil de aceptar.

    Un Jesús que inspira, pero no gobierna.

    Que acompaña, pero no exige.

    Que enseña, pero no tiene autoridad definitiva.

    Que propone un camino, pero no es el Camino.

    Y quizá ese Jesús sea atractivo precisamente porque no obliga a decidir demasiado.

    La pregunta sigue siendo la misma

    Mientras pensaba en esto recordé una de las preguntas más importantes del Evangelio.

    Jesús pregunta a sus discípulos:

    “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”

    Esa pregunta no ha envejecido.

    De hecho, quizá hoy sea más necesaria que nunca.

    Porque puedo responder con palabras aprendidas. Puedo decir “el Hijo de Dios”, “el Salvador”, “el Señor”, porque así lo aprendí desde niño.

    Pero también necesito preguntarme si realmente comprendo lo que estoy diciendo.

    Porque si Jesús es verdaderamente Dios, entonces no puedo colocarlo al mismo nivel que cualquier otro maestro espiritual.

    No puedo decir que Buda, Jesús, Krishna, Mahoma o cualquier otro personaje religioso simplemente expresaron diferentes formas de una misma conciencia espiritual.

    Eso puede sonar respetuoso.

    Incluso inclusivo.

    Pero ya no es cristianismo.

    Dios no envió simplemente a un mensajero

    Aquí el capítulo del P. Lombardo comienza a entrar directamente en la Encarnación.

    La Iglesia llama “Encarnación” al hecho de que el Hijo de Dios asumió una naturaleza humana para realizar nuestra salvación. No significa que Dios simplemente utilizó a un hombre o que habitó temporalmente dentro de él. Tampoco significa que Jesús fuera un hombre excepcionalmente cercano a Dios.

    El Hijo eterno del Padre se hizo verdaderamente hombre. 

    Y mientras más pienso en esto, más entiendo por qué el cristianismo resulta tan difícil de acomodar dentro de una espiritualidad donde “todo es uno”.

    Porque la Encarnación supone que Dios y el hombre no son lo mismo.

    Si todos fuéramos divinos por naturaleza, ¿qué tendría de extraordinario que Jesús fuera Dios?

    Si cada ser humano fuera una chispa de la misma divinidad, la Encarnación dejaría de ser un acontecimiento único.

    Jesús sería simplemente alguien que descubrió antes que nosotros aquello que todos somos.

    Pero eso no es lo que enseña la fe cristiana.

    Jesús no descubrió que era Dios

    Esta idea aparece con frecuencia en ciertos discursos espirituales modernos: Jesús habría sido un hombre que alcanzó una conciencia especial de su propia divinidad y que vino a enseñarnos que nosotros podemos hacer lo mismo.

    Lo he visto expresado de muchas maneras.

    A veces se habla de “conciencia crística”.

    Otras veces de despertar espiritual.

    Y se presenta a Jesús como una especie de modelo de iluminación interior.

    El problema es que, si acepto esa idea, he cambiado completamente quién es Cristo.

    Jesús ya no sería el Hijo eterno que asume nuestra naturaleza.

    Sería un hombre que asciende espiritualmente hasta comprender que es divino.

    Y la dirección es completamente distinta.

    El cristianismo no afirma que un hombre llegó hasta Dios.

    Afirma que Dios descendió hasta el hombre.

    Ahí está una diferencia enorme.

    Verdadero Dios y verdadero hombre

    Este es uno de esos puntos donde la teología puede parecer complicada, pero en realidad protege algo muy sencillo.

    La Iglesia enseña que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

    No mitad Dios y mitad hombre.

    No una mezcla.

    No una especie de ser intermedio.

    Verdaderamente Dios y verdaderamente hombre.

    El Catecismo, citado por el P. Lombardo, lo expresa con claridad: la Encarnación no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni una mezcla confusa de ambas cosas. Se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. 

    Y aquí aparece una palabra que puede sonar demasiado teológica: unión hipostática.

    Reconozco que no es una expresión que utilicemos normalmente en una conversación cotidiana.

    Pero vale la pena conocerla.

    Porque detrás de ese término está una verdad fundamental: en Cristo hay dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en una sola Persona.

    La Persona del Hijo.

    La Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

    El libro insiste en que las naturalezas no se mezclan ni se destruyen; la unión se da en la Persona del Verbo. CAPITULO-02

    No necesito convertirme en especialista en metafísica para comprender lo esencial.

    Cuando Jesús tiene hambre, quien tiene hambre es el Hijo de Dios hecho hombre.

    Cuando Jesús llora, quien llora es el Hijo.

    Cuando toca al leproso, perdona los pecados, carga la cruz o muere, sigue siendo Él.

    Dios verdaderamente entró en nuestra historia.

    Eso cambia también la manera en que leo el Evangelio

    Si Jesús fuera solamente un maestro espiritual, podría leer sus palabras como consejos.

    Tomar algunos.

    Dejar otros.

    Quedarme con aquello que me ayuda.

    Pero si Jesús es Dios hecho hombre, entonces cuando habla no estoy frente a una opinión espiritual más.

    Y eso me confronta.

    Porque es relativamente sencillo admirar a Jesús.

    Mucho más difícil es obedecerlo.

    Me gusta escuchar:

    “Vengan a mí todos los que están cansados”.

    Pero quizá no me resulte igual de cómodo escuchar:

    “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”.

    Me gusta escuchar:

    “Yo tampoco te condeno”.

    Pero no siempre quiero llegar hasta:

    “Vete y no peques más”.

    Y entonces puedo caer en una tentación muy humana: construir un Jesús utilizando solamente las palabras que me gustan.

    Pero si Cristo es Dios, no puedo editarlo.

    Un Jesús reducido nunca podrá salvarme

    Aquí creo que aparece una de las consecuencias más importantes.

    Si convierto a Jesús solamente en maestro, ejemplo o guía, también cambio el sentido de la salvación.

    Un maestro puede enseñarme.

    Un filósofo puede hacerme pensar.

    Un guía puede mostrarme un camino.

    Pero ninguno de ellos puede salvarme del pecado.

    Y entonces también la cruz cambia de significado.

    Deja de ser el lugar donde el Hijo entrega su vida por nosotros y se convierte simplemente en un ejemplo de amor, una tragedia histórica o la consecuencia de enfrentarse al poder.

    Todo eso puede contener parte de verdad.

    Pero no alcanza.

    Porque la cruz cristiana tiene sentido precisamente porque quien está allí no es solamente un hombre bueno.

    Es el Hijo de Dios.

    El mismo que asumió nuestra naturaleza para nuestra salvación.

    La Nueva Era necesita reducir a Cristo

    Mientras sigo leyendo el libro, entiendo mejor por qué el P. Lombardo afirma que Cristo es uno de los grandes olvidados y atacados dentro de la Nueva Era. 

    Y no necesariamente porque se elimine su nombre.

    A veces sucede algo más inteligente.

    Se lo incluye.

    Pero se lo redefine.

    Jesús puede entrar mientras sea maestro.

    Mientras sea iluminado.

    Mientras sea símbolo.

    Mientras sea una manifestación más de lo divino.

    Mientras no sea el único Salvador.

    Porque cuando afirmo que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, ya no puedo colocarlo simplemente al lado de todas las demás figuras religiosas como una opción equivalente.

    Y eso incomoda profundamente a una espiritualidad que necesita que todos los caminos sean finalmente iguales.

    Aquí aparece una palabra difícil: único

    Vivimos en una época donde afirmar que algo es único puede interpretarse inmediatamente como intolerancia.

    Pero la fe cristiana no afirma la unicidad de Cristo porque desprecie a los demás.

    La afirma porque cree algo concreto acerca de Él.

    Si Jesús es Dios hecho hombre, entonces necesariamente ocupa un lugar distinto.

    No porque los cristianos decidimos darle ese lugar.

    Sino por quién es.

    Al final de esta sección, el P. Lombardo recuerda precisamente esa verdad: Cristo posee naturaleza divina y humana en una sola Persona y es el único Salvador de los hombres. El capítulo termina con la afirmación de los Hechos de los Apóstoles de que no hay otro nombre dado a los hombres por el cual debamos ser salvados.

    Y aquí también tengo que preguntarme qué hago yo con esa afirmación.

    Porque es fácil repetir:

    “Cristo basta”.

    Pero si realmente lo creo, entonces también debo aceptar que no necesito complementar a Cristo con otras salvaciones.

    A veces quiero a Cristo y algo más

    Tal vez aquí está una de las partes que más me confrontan personalmente.

    No siempre dejamos a Cristo.

    A veces simplemente sentimos que no basta.

    • Cristo y astrología.
    • Cristo y energías.
    • Cristo y manifestación.
    • Cristo y decretos.
    • Cristo y otras espiritualidades.
    • Cristo y cualquier otra cosa que nos ayude “por si acaso”.

    Y así podemos terminar construyendo una especie de fe híbrida donde Jesús sigue estando presente, pero ya no ocupa realmente el centro.

    Porque si necesito otra fuerza, otro conocimiento, otra técnica espiritual o una revelación paralela para completar aquello que Cristo supuestamente no me da, entonces quizá en el fondo todavía no creo que Él basta.

    Y ahí la frase que da nombre a esta serie deja de ser un título bonito.

    Se convierte en una pregunta.

    ¿Cristo basta para mí?

    María también protege esta verdad

    Hay un detalle del capítulo que podría parecer secundario, pero me parece muy significativo.

    El P. Lombardo recuerda que la Iglesia llama a María Madre de Dios precisamente porque aquel que nació de ella no es una persona humana separada del Hijo eterno.

    El hijo de María es el Hijo eterno del Padre hecho hombre. 

    Y entonces entiendo mejor por qué esta expresión mariana es mucho más que una devoción.

    Cuando decimos “Madre de Dios” estamos protegiendo una verdad sobre Cristo.

    No afirmamos que María exista antes que Dios o que sea origen de su divinidad.

    Afirmamos que el hijo que llevó en su vientre es verdaderamente Dios.

    Otra vez todo vuelve a Jesús.

    Incluso cuando hablamos de María.

    El cristianismo depende de esta pregunta

    Puedo equivocarme en muchas cosas secundarias y seguir siendo cristiano.

    Pero no puedo quitar a Cristo del centro y conservar intacta la fe.

    Si Jesús no es Dios hecho hombre, el cristianismo cambia completamente.

    • La Encarnación pierde sentido.
    • La cruz cambia.
    • La Resurrección cambia.
    • La Eucaristía cambia.
    • La salvación cambia.

    Incluso la oración cambia.

    Porque entonces ya no estoy encontrándome con Dios que vino hasta mí.

    Estoy siguiendo simplemente a otro maestro religioso.

    Y creo que por eso esta cuestión no puede reducirse a una discusión teológica.

    Es mucho más personal.

    ¿Quién es Jesús para mí?

    Al final, la pregunta regresa.

    No qué dice el mundo.

    No qué afirma la Nueva Era.

    Ni siquiera qué aprendí de memoria en el catecismo.

    ¿Quién es Jesús para mí?

    ¿Es alguien a quien admiro?

    ¿Un maestro cuyas frases comparto?

    ¿Alguien al que recurro cuando estoy en problemas?

    ¿O realmente es mi Señor?

    Porque si es Dios hecho hombre, entonces mi relación con Él no puede limitarse a admirarlo.

    Tengo que decidir si le creo.

    Si confío.

    Si lo sigo.

    Si acepto incluso aquello que me cuesta.

    Y probablemente ahí está la diferencia entre tener simpatía por Jesús y tener fe en Cristo.

    Conclusión: no quiero reducir a Cristo para hacerlo más cómodo

    Creo que este es uno de los riesgos de nuestro tiempo.

    No necesariamente eliminar a Jesucristo.

    Reducirlo.

    Hacerlo suficientemente amplio para que todos puedan aceptarlo, pero quitándole precisamente aquello que lo hace único.

    Un Jesús sin divinidad.

    • Sin autoridad.
    • Sin cruz.
    • Sin pecado que perdonar.
    • Sin salvación que ofrecer.

    Un maestro admirable, pero nada más.

    Y ese Jesús quizá pueda convivir perfectamente con cualquier espiritualidad.

    Pero no es el Cristo de la fe.

    Yo no necesito solamente un maestro que me diga cómo vivir mejor.

    Necesito a quien pueda salvarme.

    No necesito descubrir que soy divino.

    Necesito que Dios venga a buscarme.

    No necesito elevarme hasta Él mediante una técnica.

    Él descendió hasta mí.

    Se hizo hombre.

    Entró en nuestra historia.

    • Tuvo un rostro.
    • Un cuerpo.
    • Una voz.
    • Una cruz.
    • Y resucitó.

    Jesucristo no es simplemente una manifestación más de lo divino.

    Es Dios hecho hombre.

    Y si Él es quien dice ser, entonces no necesito buscar otro Salvador.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    El dios que cabe en todo termina no siendo nadie

    El secreto de las nuevas verdades no está en si lo son o no. El peso de la verdad hoy en día está en la repetición. Hoy en día, terminamos repitiendo algo hasta que su peso se ve distorsionado. Nos bombardean con ellas hasta que, de tanto escucharlas o leerlas, nos acostumbramos y no cuestionamos.

    El poder de la repetición es tal que podemos presenciar esta invasión en nuestro día a día y no nos percatamos: una imagen en un espectacular, vídeos repetitivos que se hacen tendencia. Frases que parecen, en un inicio, extrañas o sin sentido y las convertimos en “mantras”, parte de nuestras vidas.

    Y la rapidez con la que llevamos nuestra cotidianeidad nos lo hace sutil. Imperceptible. Llega un momento en que ya no nos detenemos a pensar qué significa realmente.

    Algo así es lo que, sin darnos cuenta, está pasando con Dios. De ser un ser divino, lo hemos convertido en un sinnúmero de cosas.

    • Para unos es energía.
    • Para otros es universo.
    • Para otros es una conciencia.
    • Para otros una fuerza interior.
    • Para otros es simplemente el todo.
    • Para otros solamente es “algo”.

    Y de esta manera vamos haciendo más amplio el concepto. Y más difícil se vuelve saber de quién estamos hablando. Y la pregunta que me llega es:

    ¿Puede una idea de Dios volverse tan amplia que termine vaciándose completamente?

    Porque si Dios puede ser cualquier cosa... entonces, quizá termina no siendo nadie.

    El problema antes era negar a Dios. Hablar con un ateo o un no creyente era todo un tema. Pero era eso: un tema. Como católico, ese era el mayor problema de la fe. Un “Dios no existe”, ese era nuestro mayor conflicto. Y de ahí podíamos partir, de una diferencia.

    Ahora la simpleza se volvió complejidad. Partimos de una negación a una completa inclusión que termina diluyendo quién es Dios verdaderamente para el hombre actual.

    Nuestro concepto actual de Dios, para el hombre moderno, se ha vuelto una diversidad tan compleja como peligrosa. Hoy dejamos de hablar de Dios para dar paso a la “espiritualidad” y eso, por irónico que se escuche, nos está alejando más de Dios.

    Hemos conservado el nombre, pero hemos perdido a la Persona. Seguimos usando el nombre de “Dios”, pero su esencia la hemos diversificado. Hemos creado frases en las que seguimos incluyendo su nombre, pero no su significado:

    Puedo decir Dios y haber cambiado su contenido:

    • Dios me acompaña, pero pensar en una energía.
    • Dios está dentro de mí, pero imaginar que soy una parte de la divinidad.
    • Hablamos de “bendiciones” y estar pensando en las “buenas vibras”.
    • Hablamos de la “Providencia”, pero realmente pensamos en un universo acomodando las cosas de acuerdo a lo que yo manifiesto.

    Incluimos los términos, pero no así su significado. Lo hacemos porque así lo vemos. Escuchamos en personalidades lo bien que les va haciéndolo, que terminamos imitándolos. Por eso entra con tanta facilidad en nuestras vidas.

    La Nueva Era ha entrado en lo más recóndito de nuestras tradiciones y cultura. En nuestros más íntimos pensamientos; que ya no llega diciendo: “abandona tu fe”.

    Han encontrado una mejor forma de combatir nuestra fe: no combatiéndola, sino introduciéndola y mezclándola a sus ideas.

    Ya no es un “abandona tu fe”. Llega diciendo: “esto también puede formar parte de ella”. Y es como se va mezclando en nuestra mentalidad. Se moldea a las nuevas tendencias mientras adormece nuestra fe. Ya no buscamos informarnos, simplemente creemos lo que nos muestran y no cuestionamos.

    Pero ¿y si nos detenemos un momento y vemos las consecuencias que surgen de nuestra confusión?

    • Si Dios es todo...
    • si es naturaleza...
    • si es energía...
    • si es conciencia...
    • si es universo...
    • si es cada persona...
    • si es todo cuanto existe...

    entonces, ¿dónde queda Dios como Alguien?

    • ¿Dónde queda su voluntad?
    • ¿Dónde queda su inteligencia?
    • ¿Dónde queda su libertad?
    • ¿Dónde queda su capacidad de amar?

    El P. Lombardo, siguiendo la reflexión filosófica y teológica que presenta en el libro, recuerda varias realidades fundamentales al hablar de Dios: es espíritu puro, primera causa creadora, libre, personal, providente y trascendente. No estamos hablando de una sustancia indefinida, sino de un Dios real que es distinto de su creación.

    Y eso marca una diferencia enorme.

    • Porque una energía simplemente está.
    • Una Persona puede amar.
    • Una fuerza actúa.
    • Una Persona puede querer.
    • Una vibración no conoce mi nombre.

    Dios sí.

    El dios impersonal tiene una ventaja: nunca me contradice.

    Aquí creo que aparece algo profundamente humano.

    ¿Por qué puede resultar atractivo un dios impersonal?

    Y en un mundo como en el que vivimos tiene un atractivo que llega a competir con la lógica.

    Y eso es porque tal vez es mucho más fácil de manejar.

    Una energía no tiene voluntad.

    Por tanto, no puede tener una voluntad distinta a la mía.

    El universo no puede pedirme que cambie.

    Una conciencia cósmica no puede corregirme.

    Una fuerza espiritual no puede decirme:

    “Eso que haces está mal”.

    Y aquí empieza a entenderse el atractivo.

    • Puedo tener espiritualidad sin obediencia.
    • Trascendencia sin conversión.
    • Paz sin arrepentimiento.
    • Experiencia sin compromiso.

    Incluso puedo construir una relación espiritual completamente adaptada a mis necesidades.

    • Todo cabe.
    • Nada contradice.
    • Nada molesta.
    • Nada exige demasiado.

    Pero aquí cabe el dato incómodo de ese “dios a mi manera”. Se parece demasiado a mí.

    Si Dios piensa siempre como yo, quizá el problema soy yo.

    Esta idea ya ha aparecido en otros capítulos, pero creo que vale la pena volver a ella desde otro ángulo.

    • Si mi idea de Dios siempre coincide conmigo...
    • Si nunca me corrige...
    • Si nunca me exige...
    • Si nunca me incomoda...
    • Si siempre justifica exactamente aquello que quiero hacer...

    ¿Estoy encontrándome realmente con Dios?

    ¿O estoy proyectándome a mí mismo?

    Es una pregunta incómoda. Ciertamente lo fue para mí cuando hice mi discernimiento.

    Porque resulta muy fácil reconocer los errores ajenos. Pero mucho más difícil es descubrir cuándo he acomodado a Dios a mis propias categorías.

    Puedo criticar a quien habla de energías.

    Pero al mismo tiempo crear dentro de mí un dios que siempre está de acuerdo conmigo.

    Puedo defender la doctrina correcta y, en la práctica, vivir como si mi criterio personal fuera la última palabra.

    Y entonces el problema ya no está fuera.

    Está dentro.

    Dios no necesita adaptarse a mí, a mi entorno o a mi época. Estamos tan acostumbrados a que hoy en día las cosas se deben adaptar a mí. Actualizarse.

    • Aplicaciones.
    • Tecnología.
    • Lenguaje.
    • Modelos sociales.
    • Formas de comunicación.

    Y está bien que esto suceda en algunos ámbitos. Es natural y parte de nuestro desarrollo social. Pero quizá en esas actualizaciones hemos olvidado que no todo y no todos forman parte de esa dinámica. Dios es uno de ellos.

    Hacer una actualización a Dios es tan incoherente que es cómico pensar que no nos hemos dado cuenta de que ya lo hacemos:

    • Un Dios menos exigente.
    • Más flexible.
    • Más adaptable.
    • Más acorde con “los nuevos tiempos”.
    • Un Dios que no hable demasiado de pecado.
    • Que no incomode con la verdad.
    • Que no establezca límites.
    • Que no tenga demasiado que decir sobre cómo vivo.

    Y a eso podemos llamarlo evolución espiritual.

    Pero quizá no hemos evolucionado nuestra comprensión de Dios. Quizá simplemente lo hemos reducido.

    Dios es más grande que mi idea de Dios.

    Hay algo del capítulo del P. Lombardo que me parece necesario conservar junto a toda esta reflexión.

    Aunque podemos conocer verdaderamente a Dios, nunca podemos agotarlo con nuestra inteligencia.

    Dios es infinitamente mayor que aquello que puedo pensar sobre Él.

    Esto puede parecer contradictorio con lo anterior.

    Si no puedo comprender completamente a Dios, ¿cómo puedo decir qué no es?

    Precisamente porque una cosa es reconocer el misterio y otra inventar.

    No conocer completamente a Dios no significa que cualquier idea acerca de Él sea válida.

    No entiendo completamente el amor.

    Pero puedo distinguirlo del odio.

    No comprendo completamente la vida.

    Pero puedo distinguirla de la muerte.

    No comprendo completamente a Dios.

    Pero la Revelación me permite saber que no es una piedra.

    Que no es una energía impersonal.

    Que no soy yo.

    Que no es idéntico al universo.

    Que es Creador.

    Que es personal.

    Que ama.

    Que quiere.

    Que se revela.

    El misterio no elimina la verdad.

    La hace más profunda.

    A veces llamamos “misterio” a lo que simplemente no queremos definir.

    Esta es otra cosa que veo con frecuencia.

    Cuando una idea espiritual empieza a volverse confusa, aparece una salida cómoda:

    “Es que Dios es demasiado grande para ponerle límites”.

    Suena razonable.

    Y, en parte, lo es.

    Pero cuidado.

    Porque podemos utilizar esa afirmación para introducir cualquier cosa.

    • “Dios puede ser energía”.
    • “Dios puede ser el universo”.
    • “Dios puede ser conciencia”.
    • “Dios puede ser todas las religiones”.
    • “Dios puede ser lo que cada quien sienta”.

    Y cuando preguntas cómo sabemos eso, la respuesta termina siendo:

    “Dios es misterio”.

    Pero reconocer el misterio de Dios no significa vaciarlo de identidad.

    Al contrario.

    El cristianismo afirma que ese Dios que supera mi inteligencia decidió revelarse.

    No para que lo encerrara en una definición.

    Sino para que pudiera conocerlo realmente.

    Dios quiso darse a conocer.

    Esto me parece fundamental.

    La fe cristiana no comienza con el hombre intentando imaginar cómo debe ser Dios.

    Comienza con Dios revelándose.

    • Dando su nombre.
    • Hablando.
    • Actuando.
    • Entrando en la historia.
    • Formando una alianza.
    • Y finalmente haciéndose hombre.

    El Dios cristiano no permanece escondido detrás de todas las religiones esperando que cada quien construya su propia interpretación.

    Se da a conocer.

    Y si Dios se da a conocer, entonces aquello que revela sobre sí mismo importa.

    No puedo decir:

    “Dios es como yo quiera entenderlo”.

    Porque entonces ya no estoy recibiendo una Revelación.

    Estoy construyendo una opinión.

    Un Dios personal crea una relación personal.

    El P. Lombardo insiste en que Dios no puede reducirse a algo amorfo o indeterminado. Habla de un Dios personal, de un Alguien que conoce y ama, dotado de inteligencia y voluntad.

    Y creo que eso cambia completamente la espiritualidad.

    Porque si Dios es Alguien, yo puedo encontrarme con Él.

    No necesito “conectarme con una frecuencia”.

    Puedo orar.

    No necesito “alinearme con el universo”.

    Puedo confiar.

    No necesito “manifestar”.

    Puedo pedir.

    No necesito manipular fuerzas invisibles.

    Puedo abandonarme en un Padre.

    La diferencia parece sencilla.

    Pero espiritualmente cambia todo.

    El problema del dios que nunca habla.

    Hay algo extraño en algunas espiritualidades modernas.

    Hablan muchísimo de “lo divino”.

    Pero ese dios casi nunca dice nada.

    • No enseña.
    • No manda.
    • No corrige.
    • No establece una alianza.
    • No llama por el nombre.
    • No perdona.
    • No promete.
    • No revela.

    Simplemente “es”.

    Y cada persona termina interpretándolo desde sí misma. Por eso empiezo a preguntarme:

    ¿qué diferencia real existe entre ese “dios” y mi propia conciencia?

    • Si siempre soy yo quien decide qué significa...
    • si siempre soy yo quien interpreta...
    • si siempre soy yo quien establece qué quiere...
    • si nunca existe una palabra que venga realmente de fuera de mí...

    ¿no terminé hablando conmigo mismo?

    La Providencia también desaparece.

    Si Dios se convierte en energía o universo, hay algo más que se pierde: la Providencia.

    • Una energía no cuida.
    • Una fuerza no conduce.
    • Una vibración no tiene un propósito para mí.

    Pero el Dios cristiano sí es providente.

    Esto no significa que todo salga como yo quiero. Significa que existe una voluntad, una inteligencia y un amor que trascienden mi comprensión. Que incluso aquello que no comprendo puede ser vivido en confianza.

    Y aquí encuentro otra diferencia importante.

    La Nueva Era muchas veces intenta darme herramientas para controlar lo que viene.

    La Providencia me enseña a confiar.

    Una dice:

    “aprende a atraer”.

    La otra me invita:

    “aprende a abandonarte”.

    Y reconozco que la segunda es mucho más difícil.

    Porque exige fe.

    No necesito un dios que pueda controlar.

    Esta frase me parece importante incluso para mí mismo.

    No necesito un dios que pueda controlar. Porque si puedo controlar a mi dios, entonces probablemente no es Dios.

    • Si depende de mis decretos...
    • de mis vibraciones...
    • de mi nivel de conciencia...
    • de mi capacidad de manifestar...

    entonces toda la espiritualidad termina dependiendo nuevamente de mí.

    • Yo produzco.
    • Yo atraigo.
    • Yo decreto.
    • Yo creo.
    • Yo decido.
    • Yo controlo.

    Y otra vez aparezco en el centro.

    Pero el cristianismo me obliga a abandonar ese centro.

    Dios es Dios.

    Yo no.

    Y lejos de sentirlo como una humillación, cada vez me parece más liberador.

    Decir “Dios” no significa necesariamente creer en Dios.

    Quizá esta sea una de las conclusiones más incómodas de esta reflexión.

    No basta utilizar la palabra.

    Podemos hablar de Dios y, sin embargo, haber construido una idea completamente distinta.

    Podemos llenar nuestra vida de frases espirituales y haber dejado fuera al Dios personal.

    Podemos incluso conservar símbolos cristianos y mezclarlos con una visión del mundo que ya no es cristiana.

    Por eso discernir también exige preguntar:

    ¿Qué entiendo cuando digo Dios?

    • ¿Es Creador o parte del universo?
    • ¿Es personal o una energía?
    • ¿Tiene voluntad o simplemente responde a la mía?
    • ¿Es providente o tengo que manipular fuerzas para asegurar mi futuro?
    • ¿Es trascendente o es solamente algo dentro de mí?
    • ¿Me creó o soy parte de su propia sustancia?

    Las respuestas importan y mucho.

    Quizá el ateísmo no siempre se presenta diciendo “Dios no existe”.

    Esta idea del libro me dejó pensando.

    Estamos acostumbrados a reconocer el ateísmo cuando niega a Dios.

    Pero puede existir algo más sutil.

    No negar la palabra.

    Vaciarla.

    Seguir diciendo “Dios”, pero sustituirlo por otra realidad.

    Y entonces podríamos llegar a una sociedad profundamente espiritual...

    • llena de energías...
    • llena de manifestaciones...
    • llena de conciencia...
    • llena de rituales...
    • llena de mensajes sobre el universo...

    y, sin embargo, profundamente alejada del Dios verdadero.

    Eso sí me parece preocupante. Porque es mucho más difícil buscar a alguien cuando uno cree que ya lo encontró.

    Cristo vuelve a ponerle rostro a Dios.

    Y nuevamente todo termina llevándome a Cristo.

    Porque frente a todas las definiciones vagas aparece Él.

    Jesucristo.

    • No una energía.
    • No una idea.
    • No una conciencia universal.

    Una Persona.

    • Habla.
    • Mira.
    • Toca.
    • Llora.
    • Ama.
    • Corrige.
    • Perdona.
    • Llama.
    • Muere.
    • Resucita.

    Y en Él, Dios deja de ser una palabra que puedo llenar con cualquier significado.

    Dios tiene rostro.

    En el próximo capítulo tendremos que detenernos precisamente ahí.

    Porque quizá una de las mayores diferencias entre el cristianismo y muchas espiritualidades modernas está en esta pregunta:

    ¿Quién es realmente Jesucristo?

    Conclusión: no quiero llamar Dios a cualquier cosa.

    Después de todo esto, creo que la pregunta vuelve hacia mí.

    Cuando digo:

    “Creo en Dios”...

    ¿qué estoy afirmando?

    • No quiero utilizar su nombre simplemente porque suena espiritual.
    • No quiero convertirlo en una palabra cómoda donde pueda guardar cualquier idea.
    • No quiero fabricar un dios tan amplio que no pueda decir nada concreto sobre Él.
    • No quiero un dios que se parezca demasiado a mí.

    Quiero conocer al Dios que existe.

    • Al Dios que me creó.
    • Al Dios que me conoce.
    • Al Dios que tiene voluntad.
    • Al Dios que es providente.
    • Al Dios que es infinitamente mayor que yo y, aun así, decidió acercarse.
    • Al Dios que no cabe dentro de mis ideas.

    Pero que quiso darse a conocer.

    Porque si Dios termina siendo todo...

    puede terminar no siendo nadie.

    Y yo no necesito “algo”.

    Necesito a Alguien.

    Necesito al Padre.

    Necesito a Cristo.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    Dios está en todo, pero no todo es Dios

    Hoy en día, los medios, las redes sociales y las nuevas tecnologías nos han ofrecido variantes de frases que suenan profundamente espirituales.

    Tan profundas que uno puede repetirlas durante años sin detenerse a pensar realmente qué significan.

    Es muy posible que, en nuestro día a día, nos hayamos cruzado con este tipo de frases en un mensaje de texto, en una publicación lanzada a redes y que nos reconforta o nos suena profunda y en sintonía con lo que estamos sintiendo o viviendo:

    “Dios está en todo”.
    “El universo es Dios”.
    “Todos somos parte de Dios”.
    “Dios está dentro de ti”.
    “Todo es uno”.

    Algunas parecen incluso compatibles con la fe cristiana. Incluso parecen ser más veraces porque las vemos adornadas con imágenes católicas, incluso con personalidades de santos o del mismo Santo Padre. Y damos por sentado que son propias de ellos. Y quizá por eso son tan fáciles de aceptar.

    Porque contienen una parte de verdad.

    • Sí, Dios está presente en su creación.
    • Sí, todo cuanto existe depende de Él.
    • Sí, vivimos, nos movemos y existimos en Él.

    Pero de ahí a afirmar que todo es Dios hay una distancia enorme. Y esa distancia no es solamente filosófica; es espiritual.

    Porque si desaparece la diferencia entre Dios y la creación, también cambia nuestra manera de entender quién es Dios, quién soy yo, qué es la oración, qué significa el pecado y por qué necesito un Salvador.

    Por eso creo que vale la pena detenernos aquí.

    Dios está presente en todo

    La fe católica no presenta a Dios como alguien lejano, sentado en algún lugar fuera del universo, observando desde la distancia aquello que creó.

    Dios sostiene la existencia. Es por Él que todo existe, porque así lo quiere. Todo depende de Él. Y eso lo hace profundamente bello.

    Significa que no estoy abandonado dentro de un universo frío y sin sentido.

    Mi existencia no es un accidente perdido entre millones de galaxias. No es solamente una mera casualidad cósmica. No soy un error del azar ni una coincidencia surgida de una mezcla de circunstancias. Fui pensado. Fuimos pensados y planeados con un fin.

    No estoy solo. Tú y yo estamos aquí porque Dios lo quiere así. Y Él está presente en todo momento. En cada instante. Aun cuando yo no lo perciba. Aun en esos momentos en que parece invisible porque mis emociones me superan. Mis condiciones limitadas me bloquean. Aun así, Dios está conmigo.

    La situación es precisamente esta: Dios está presente en la creación, pero la creación no es Dios. Y es una diferencia importante a resaltar. Puede parecer una distinción pequeña. Pero no lo es.

    La obra no es el Autor

    Puede ser un pensamiento simple, pero para muchos, en la actualidad, puede ser complicado separar un concepto como este. Así que pensemos en algo sencillo.

    1. Un pintor puede dejar algo de sí mismo en una pintura.
    2. Podemos mirar su obra y reconocer su estilo.
    3. Podemos entender algo de su sensibilidad.
    4. Podemos incluso decir que esa obra “habla” de quien la creó.
    5. Pero nadie confundiría el cuadro con el pintor.

    La pintura existe porque alguien la creó. Y esta no es, en sí, su propio creador.

    Es lo mismo que sucede con Dios, a un nivel superior.

    Dios es el Creador de todo. Y aun cuando su obra tiene una complejidad superior a la de una pintura, nosotros, la naturaleza y la precisión de todo lo que podemos observar forman parte de una realidad creada por Dios. Una realidad que, en cada una de las cosas existentes, presenta la huella de su Autor.

    Puedo mirar el mar y sentirme pequeño.
    Puedo contemplar un amanecer y experimentar admiración.
    Puedo mirar las estrellas y descubrir que mi vida no es el centro del universo.
    Puedo ver el rostro de un hijo recién nacido y sorprenderme de la vida.

    Todo eso puede conducirme hacia Dios. Pero nada de eso es Dios.

    La naturaleza habla del Creador. Pero no sustituye al Creador.

    La creación puede ser una huella. Pero no es el Autor.

    Y creo que este punto empieza a perderse cuando utilizamos expresiones como “el universo me habló”, “la naturaleza es divina” o “todos somos parte de Dios”. Porque, sin darnos cuenta, diluimos la propia existencia divina en la creación y terminamos confundiendo al Autor con su obra.

    Si todo es Dios, entonces ¿quién es Dios?

    Aquí empieza la dificultad. Una duda que ha nacido en cada persona desde que el tiempo es tiempo. En alguna ocasión nos ha tocado llegar a ese momento de silencio, alejados del ruido del mundo, y estamos en ese único momento entre nosotros y nuestra vocecita interna que abre la pregunta:

    Si todo es Dios...

    • Entonces el árbol es Dios.
    • La piedra es Dios.
    • El universo es Dios.
    • Yo soy Dios.
    • Tú eres Dios.

    Todo aquello que existe sería parte de una misma realidad divina.

    Suena profundo. Incluso místico.

    Pero cuando uno lo piensa con calma aparecen preguntas incómodas.

    • Si yo soy parte de Dios, entonces ¿qué significa pecar contra Él?
    • Si mi alma es parte de Dios, ¿para qué necesito gracia?
    • Si todo es divino, ¿qué diferencia existe entre el Creador y la criatura?
    • Si Dios está dentro de mí porque yo mismo soy parte de Él, ¿para qué necesito que Dios salga a mi encuentro?

    Y quizá la pregunta más importante:

    Si yo ya poseo lo divino por naturaleza, ¿para qué necesito un Salvador?

    Ahí es donde la diferencia deja de parecer filosófica.

    Empieza a tocar el corazón del cristianismo.

    Cuando desaparece el Creador, aparece el Todo

    La Nueva Era utiliza mucho expresiones como:

    “el Todo”.
    “la Fuente”.
    “la Conciencia”.
    “el Universo”.
    “la Energía”.
    “lo Divino”.

    Y todas ellas suenan realmente atractivas. Endulzan nuestro oído y adormecen nuestra conciencia para abrir paso a la comodidad de un dios a mi manera.

    • No exigen demasiada precisión.
    • Permiten que cada persona interprete algo diferente.
    • No incomodan.
    • No confrontan.
    • No tienen voluntad propia.
    • No me dicen que estoy equivocado.

    Y quizá ahí está una de las razones de su éxito.

    Porque un “Todo” no me exige conversión.

    1. Una “energía universal” no me pide obediencia.
    2. El “universo” no me dice que cargue mi cruz.
    3. Una “conciencia superior” no me habla de pecado.

    Pero Dios sí.

    Y quizá por eso muchas veces preferimos convertir a Dios en algo impersonal.

    Porque es más fácil convivir con una energía que con un Padre.

    Un Dios personal puede incomodarme

    Esta idea ya la tocamos en el capítulo anterior, pero aquí adquiere otra dimensión.

    Si Dios es una persona, entonces tiene voluntad. Y su voluntad puede no coincidir con la mía.

    Si Dios es solamente una fuerza dispersa en el universo, puedo interpretarlo como quiera.

    Pero si Dios es Alguien...

    • Puede decirme que no.
    • Puede llamarme a cambiar.
    • Puede pedirme que perdone.
    • Puede mostrarme que estoy equivocado.
    • Puede pedirme que abandone algo que me gusta.
    • Puede invitarme a confiar cuando yo preferiría controlar.

    Y eso incomoda.

    Porque nos saca de esa área de confort donde queremos creer que todo se ajusta a mi voluntad. Donde nuestra razón es única y no encuentra resistencia. Hasta que choca con otra realidad ajena que igualmente piensa como uno, pero en una dirección totalmente diferente.

    ¿Quién tiene razón en ese momento?
    ¿Quién es dueño de la verdad?

    Solo Dios, el Padre que me guía y me orienta para bien, aun cuando esto pueda significar sacrificio.

    Porque el Dios cristiano no existe para validar todo lo que yo pienso.

    No se adapta a mí.

    Soy yo quien debe aprender a conocerlo.

    Dios está cerca sin dejar de ser Dios

    Hay algo que encuentro profundamente hermoso en la fe cristiana.

    Dios está infinitamente por encima de mí. Y al mismo tiempo está profundamente cerca.

    No necesita convertirse en parte del universo para estar presente en él.
    No necesita ser la naturaleza para sostenerla.
    No necesita ser mi alma para conocerme.
    No necesita confundirse conmigo para amarme.

    Es distinto.

    Y precisamente por eso puede haber relación.

    Yo soy yo. Dios es Dios.

    Y puedo dirigirme a Él.

    • Puedo hablarle.
    • Puedo escucharlo.
    • Puedo pedirle.
    • Puedo agradecerle.
    • Puedo incluso enojarme y presentarle mi dolor.

    Porque hay un yo que se encuentra con un Tú.

    Si todo fuera una misma realidad, esa relación desaparecería.

    • No habría diálogo.
    • No habría encuentro.
    • No habría oración.

    Solo tendría introspección, “autoconocimiento”. Solo una búsqueda hacia dentro, limitada, que terminaría llegando a un callejón.

    La oración no es hablar conmigo mismo

    Este punto me parece especialmente importante. Y debe recalcarse:

    Si Dios es simplemente “lo divino dentro de mí”, entonces la oración termina siendo una especie de conversación conmigo mismo.

    • Busco dentro.
    • Escucho mi interior.
    • Intento descubrir respuestas.
    • Y todo puede terminar regresando a mi propia conciencia.

    Pero la oración cristiana es distinta.

    • No niego mi interioridad.
    • No niego el silencio.
    • No niego la introspección.

    Pero la oración cristiana no termina en mí.

    Sale de mí. > Se dirige hacia Otro.

    Cuando rezo:

    “Padre nuestro...”

    No estoy hablando conmigo. Estoy hablando con Dios.

    Cuando digo:

    “hágase tu voluntad”...

    estoy reconociendo que existe una voluntad distinta de la mía.

    Cuando pido perdón...

    estoy reconociendo que existe Alguien ante quien respondo.

    Cuando doy gracias...

    estoy reconociendo que he recibido algo.

    La oración cristiana siempre implica relación.

    Y para que exista relación debe existir distinción.

    No soy una chispa divina

    Otra idea que aparece con frecuencia en espiritualidades modernas es que dentro de cada ser humano existe una “chispa divina”.

    Puede sonar inocente. Nuevamente endulza el oído y puede parecer una idea bonita.

    Pero debemos tener cuidado con lo que significa.

    Desde la fe cristiana, poseo una dignidad enorme.

    He sido creado a imagen y semejanza de Dios.

    He sido llamado a participar de su vida.

    Puedo recibir su gracia.

    Puedo llegar a una profunda unión con Él.

    Pero eso no significa que yo sea una parte de Dios.

    No soy una fracción de la divinidad.

    No soy un pedazo de Dios encerrado temporalmente dentro de un cuerpo.

    No estoy aquí para descubrir que “en realidad soy Dios”.

    Soy criatura.

    Amada.

    Elevada por la gracia.

    Llamada a la comunión con Dios.

    Pero criatura.

    Y creo que reconocer esto no me disminuye.

    Me ubica.

    Ser criatura no me hace menos

    A veces parece que decir “soy criatura” fuera algo humillante.

    Como si aceptar que no somos Dios nos rebajara.

    Creo que sucede porque hemos aprendido a interpretar dependencia como debilidad.

    • Queremos autonomía absoluta.
    • Queremos definirnos completamente.
    • Queremos decidir nuestro origen.

    Nuestro sentido.
    Nuestro destino.

    Y cualquier cosa que nos recuerde que dependemos de Otro parece una amenaza.

    Pero yo cada vez lo veo de una manera distinta.

    Saber que soy criatura me libera.

    Porque significa que no tengo que inventarme desde cero.

    • Mi vida tiene un origen.
    • Mi existencia tiene sentido.
    • Mi dignidad no depende únicamente de lo que produzco, de lo que logro o de cómo me perciben otros.

    Existía una intención antes de que yo pudiera siquiera pensar en mí mismo.

    Hay un Creador.

    Y yo soy su criatura.

    Eso no me hace menos.

    Me recuerda de dónde vengo.

    El panteísmo parece elevar al hombre, pero termina borrándolo

    Decir que “todo es Dios” parece, a primera vista, engrandecer al ser humano.

    Si yo soy divino, entonces parezco más importante.

    Más poderoso.

    Más elevado.

    Pero sucede algo extraño.

    Si todo es Dios, entonces nada es verdaderamente distinto.

    La persona comienza a diluirse.

    Ya no soy alguien creado y amado personalmente.

    Soy simplemente una manifestación temporal del Todo.

    Mi identidad se convierte en una expresión de algo impersonal.

    Y al final incluso Dios termina despersonalizado.

    Todo se mezcla.

    • Dios.
    • El hombre.
    • La naturaleza.
    • El universo.
    • La materia.
    • La conciencia.

    Todo se convierte en una sola cosa.

    Pero la fe cristiana presenta algo mucho más hermoso.

    Dios crea seres distintos de Él.

    Y los ama precisamente siendo distintos.

    No necesita absorbernos dentro de sí.

    Nos llama a la comunión.

    Eso es diferente.

    Unión con Dios no significa desaparecer en Dios

    Este tema también puede causar confusión.

    La vida cristiana busca una unión profunda con Dios.

    Los santos hablan de ella.

    Los místicos la describen.

    Cristo mismo habla de permanecer en Él.

    Pero unión no significa identidad.

    No dejo de ser yo para convertirme en Dios.
    No desaparezco dentro de una conciencia universal.
    No pierdo mi identidad.

    La gracia me transforma.

    Me santifica.

    Me une a Dios.

    Pero sigo siendo criatura.

    Quizá una imagen sencilla puede ayudar.

    Dos personas pueden amarse profundamente sin dejar de ser dos personas.

    La comunión no exige desaparecer.

    Al contrario.

    Para amar necesito que exista otro.

    La fe cristiana no busca borrar la diferencia entre Dios y el hombre.

    Busca llevarla a su máxima relación posible.

    Cristo confirma la diferencia

    Y entonces volvemos inevitablemente a Cristo.

    Porque si todo fuera Dios, la Encarnación perdería sentido.

    ¿Qué significaría que Dios se hizo hombre si el hombre ya fuera Dios?

    ¿Qué tendría de extraordinario que el Creador entrara en su creación si no existiera diferencia entre ambos?

    La Encarnación solamente puede comprenderse cuando reconocemos algo fundamental:

    Dios es Dios.

    El hombre es hombre.

    Y el Dios eterno quiso asumir nuestra naturaleza humana.

    No porque nosotros ya fuéramos divinos.

    Sino porque Él quiso acercarse.

    Eso es lo extraordinario.

    No descubrimos que éramos Dios.

    Dios vino hacia nosotros.

    Y esa diferencia cambia completamente el cristianismo.

    No ascendí hacia Dios; Dios descendió hacia mí

    Muchas espiritualidades presentan un camino ascendente.

    • Elevar conciencia.
    • Elevar vibración.
    • Despertar.
    • Ascender.
    • Alcanzar.
    • Descubrir.

    El cristianismo, en cambio, comienza con un movimiento diferente.

    • Dios desciende.
    • Dios se revela.
    • Dios busca.
    • Dios llama.
    • Dios entra en nuestra historia.
    • Dios se hace carne

    No soy yo quien encuentra el camino secreto hacia la divinidad.

    Es Dios quien viene a encontrarme.

    Y cuanto más lo pienso, más me sorprende.

    Porque es muchísimo más hermoso que imaginarme como una chispa perdida intentando regresar al Todo.

    Soy alguien.

    Y Dios vino a buscarme.

    Quizá debemos volver a distinguir

    Vivimos en una cultura que quiere mezclarlo todo.

    • Religiones.
    • Creencias.
    • Filosofías.
    • Prácticas.
    • Lenguajes.

    Y cualquier distinción parece intolerancia.

    Pero distinguir no significa despreciar.

    Distinguir nos lleva a la comprensión.

    No es lo mismo decir:

    “Dios está presente en todo”

    que decir:

    “Todo es Dios”.

    No es lo mismo decir:

    “He sido creado a imagen de Dios”

    que decir:

    “Soy Dios”.

    No es lo mismo decir:

    “Estoy llamado a la unión con Dios”

    que decir:

    “Debo descubrir que soy parte de la divinidad”.

    Las palabras parecen cercanas.

    Las consecuencias no lo son.

    Conclusión: quiero encontrarme con Dios, no disolverme en Él

    Al final, este tema vuelve a llevarme a algo personal.

    Yo no quiero desaparecer dentro de una energía.

    No quiero pensar que mi existencia es solamente una manifestación temporal del universo.

    No quiero creer que mi identidad terminará disuelta dentro de un Todo.

    Quiero creer en un Dios que me conoce.

    Que sabe quién soy.
    Que me creó distinto de Él.
    Que me ama precisamente como persona.
    Que puede llamarme por mi nombre.
    Que puede escucharme.
    Que puede perdonarme.
    Que puede llevarme hacia Él sin destruir aquello que soy.

    Porque Dios está presente en todo.

    Pero no todo es Dios.

    Él es Creador.

    Yo soy criatura.

    Él es infinito.

    Yo soy limitado.

    Él es eterno.

    Yo tengo una historia.

    Y precisamente porque somos distintos puede suceder algo maravilloso:

    podemos encontrarnos.

    Puedo decirle:

    Tú eres mi Dios.

    Y Él puede llamarme:

    hijo.

    Eso no es menos espiritual que decir que “todo es uno”.

    Para mí, es muchísimo más profundo.

    Porque no me disuelve.

    Me ama.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    Cristo Basta | Dios no es una energía: es Alguien

    En un mundo donde las palabras dan significado a nuestro ser, a nuestro pensar y a todo aquello que intentamos expresar, terminamos dando por sentado que todo aquello que entendemos lo entenderán los demás. Del mismo modo en que nosotros vemos o sentimos, dejamos como una verdad que todos los demás lo definirán por igual:

    • Amor
    • Verdad
    • Libertad
    • Fe
    • Dios

    Decimos “Dios” con una naturalidad al día de hoy que pareciera que lo sacro de su persona pasara a ser un mero adjetivo para “expresar” solamente un sentimiento o emoción:

    • Sabrá Dios
    • Dios quiera
    • Gracias a Dios
    • Yo creo en Dios
    • Dios está en todas partes

    Y de expresiones así pasamos a un nuevo nivel de despersonalización. Dios no es más una persona. Hay quienes lo comienzan a “manifestar”, a darle una naturaleza finita como: “fuerza superior”, “universo”, “energía”, y ese camino va dando más y más descripciones ya no de un —Alguien— sino de un “algo”.

    Siendo así, la pregunta que me viene a la mente es: cuando digo que creo en Dios, ¿de qué Dios estoy hablando?

    Una pregunta, a primera vista, sencilla de responder. Pero no lo es si ponemos atención y reflexionamos. Porque puedo estar usando la palabra correcta, pero, a la vez, estar pensando en algo completamente distinto.

    Porque puedo decir:

    • Dios y pensar en “energía”.
    • Providencia y pensar en “universo”.
    • Oración y pensar en “manifestación”.
    • Presencia de Dios y pensar en una fuerza cósmica dispersa en todo.

    La incursión de otras filosofías, pensamientos o ideologías en la vida del cristiano es sutil y de fácil disolución en su día a día. Porque las personas continúan usando palabras cristianas, pero ya no están hablando del Dios cristiano. Y eso es algo que debe preocuparnos.

    Tal vez hemos vaciado la palabra Dios

    En el segundo capítulo del libro del padre Gustavo Lombardo, De espaldas a Dios, esta pregunta es un cuestionamiento que obliga a detenerse y reflexionar sobre ello: ¿podemos conservar la palabra Dios y haber cambiado completamente su significado?

    Si nos detenemos a mirar en retrospectiva y lo pensamos por un minuto, no hace falta negar a Dios para alejarnos de Él. ¿Cómo podría ser esta forma de desligarnos del concepto de Dios cristiano y diluirlo en otra concepción?

    No necesitamos negarlo. Tal vez, por el contrario, otras corrientes nos invitan a mantener la palabra y la idea de trascendencia y fuerza. Incluso continúan con la razón de divinidad. Sin embargo, esas corrientes se mezclan con nuestra fe y comienzan a “inventar”.

    No hace falta negarlo, basta con:

    Construir un dios cómodo.

    • Un dios que no juzga.
    • Un dios que no corrige.
    • Un dios que no pide conversión.
    • Un dios que se amolde a mi propia voluntad.
    • Un dios a quien no se responde.
    • Un dios que uso para sentirme mejor.
    • Un dios que no me contradice.
    • Un dios que piensa como yo.
    • Un dios que funciona como genio de la lámpara.

    Y de esta manera, introduciendo corrientes ideológicas, filosofías modernas de conformismo y modas que suenan bien, sucede que, aunque siga usando su nombre, ya no estoy adorando a Dios. Estoy adorando una idea mía.

    Esta es básicamente la idea que hoy en día se practica en muchas áreas del pensamiento. Adoro mi propia idea, mi comodidad, mi sentir y le llamo dios para complacer mi falta de verdad. Adoro a un falso dios: a mí. Limitado, con heridas, con situaciones que me moldean y, desde una visión estrecha, me amoldo tan solo cambiando el concepto y manteniendo una palabra ya vacía.

    El Dios al que sirvo

    En la Biblia podemos encontrar una expresión de san Pablo que aparece en el libro del P. Gustavo y que me parece profundamente personal:

    “El Dios a quien pertenezco y a quien doy culto”

    Es breve, pero de gran contenido fundamental para la fe y la teología. Esta frase aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en su capítulo 27. Pablo no estaba elaborando una teoría acerca de “una energía superior”. Él hablaba de Alguien.

    San Pablo es claro al decir: “El Dios a quien pertenezco”. Una primera contrariedad contra lo que se asume hoy en día. Yo pertenezco a Dios y no al contrario. Dios no me pertenece. Yo soy parte de su creación y cristiano con todo lo que conlleva. Pablo no se pertenece, no le pertenece al Imperio romano, no reconoce otro señorío sino el de Dios, su Señor.

    San Pablo confirma en esa expresión que le pertenece a Dios. Por tanto, él habla de Alguien:

    • De un Dios al que le pertenecía.
    • De un Dios en quien confiaba.
    • De un Dios capaz de hablar, prometer y actuar.

    Siendo así, considerando que me reconozco cristiano, entonces: ¿podría yo hablar así de Dios? No es un simple “creo que existe”. Es decir, ¿soy capaz de comprender la magnitud de esta pregunta y responder con claridad: le pertenezco?

    Esa diferencia es enorme. Y para algunos podría parecer imperceptible la distinción en ello. Porque creer que existe algún poder superior puede no cambiar tanto mi vida. Pero reconocer que —pertenezco— a Dios, eso cambia la manera de comprender quién soy.

    Ya no soy dueño absoluto de mí mismo. No soy alguien inventado. Mi existencia deja de tener un motivo aleatorio. Hay una razón para que yo esté hoy aquí. Un motivo.

    Y si vamos más allá: mi origen dejó de ser yo mismo. Soy dueño de mi destino, pero mi destino tiene un fin último. No es un cúmulo de resultados que me llevan a una consecuencia al final de mi existencia, sino un camino en el que mis decisiones son caminos de aprendizaje para comprender ese fin último.

    Y eso, eso aparta totalmente el concepto de mi centralidad.

    No soy Dios.

    Soy criatura.

    Pertenezco a Aquel que me ha creado.

    Sé que esto sonará incómodo y radical en una época tan obsesionada con la “autonomía” absoluta. Sin embargo, entender esto, el fin último, y conocer que hay un Creador que me formó desde su infinito amor y que libremente me permite aceptarlo y entregarme a Él para disponer mi vida según sus propósitos, eso me resulta liberador.

    • No necesito inventarme.
    • No necesito salvarme solo.
    • No necesito controlar el universo.
    • No necesito cargar sobre mis hombros el peso de ser mi propio dios.

    Dios no es “algo”

    Aquí toma en cuenta que estamos partiendo de una realidad que dará distinciones más importantes en lo sucesivo y que es necesaria para entender lo que vendrá en los capítulos siguientes.

    1. Para la fe católica, Dios no es “algo”.
      Es Alguien.

    Y esto lo cambia todo. Porque:

    • Una energía no me conoce.
    • Una vibración no me ama.
    • Una fuerza cósmica no me llama por mi nombre.
    • El universo no perdona mis pecados.
    • La materia no escucha mis oraciones.
    • Una frecuencia no entrega su vida por mí.

    Sé que vivimos en una cultura donde nos han presentado que la fe es arcaica, retrógrada y esclavizadora. Y que, de la mano con esto, nos han querido vender la idea de que la libertad y el amor solo pueden ser recibidos desde una divinidad que se adecúe a nuestra forma de pensar y ser. Que “acompañe” nuestras imperfecciones y nos “acepte” así, sin esperar un crecimiento y cambio.

    Claro que suena tentador mantenerse en ese lugar.

    Pero lo que no te pueden dar es lo que Dios da. Porque Dios te conoce.

    • Dios ama.
    • Dios quiere.
    • Dios crea.
    • Dios llama.
    • Dios perdona.
    • Dios entra en relación conmigo.

    Considero que, en el capítulo que el P. Lombardo nos comparte, eso es lo que nos quiere señalar. Él habla de la dimensión personal de Dios:

    Si Dios es Creador, libre, capaz de darse a conocer y de amar, entonces no puede reducirse a una energía impersonal o a un “algo” indefinido. Estamos hablando de un Alguien con inteligencia y voluntad.

    Y tomando esto con verdadera consideración, reflexionando al respecto, veremos que muchas espiritualidades modernas comienzan a tomar otro rumbo.

    • Hablan de “lo divino”.
    • De “energía universal”.
    • De “conciencia”.
    • De “fuente”.
    • De “todo”.

    Pero cada vez cuesta más encontrar un Tú.

    Y si no hay un Tú, tampoco puede existir una relación verdadera.

    Una cosa es sentir energía y otra encontrarse con Dios

    En este punto, cabe tener especial atención y leerlo con detenimiento.

    Hay experiencias humanas reales que pueden sentirse intensas:

    • Silencio.
    • Música.
    • Naturaleza.
    • Meditación.
    • Respiración.
    • La puesta de sol.
    • Una montaña.
    • El nacimiento de un hijo.
    • Una iglesia en silencio.
    • Un momento de profunda emoción.

    Y podemos percibir algo que nos supera. Eso no tiene nada de extraño. Podemos decir que es parte de la naturaleza del ser humano. Somos seres con percepción, a través de nuestros sentidos y conciencia.

    El problema empieza cuando queremos identificar todo ello con una trascendencia de Dios.

    Sentir algo no significa necesariamente haberse encontrado con Dios.

    Podemos experimentar paz escuchando el mar. Pero el mar no es Dios.

    Podemos sentir nuestra pequeñez ante la mirada del cielo y sus estrellas. Pero las estrellas no son Dios.

    Podemos experimentar bienestar mediante determinadas técnicas. Pero ese bienestar no es Dios.

    Podemos sentir una profunda conexión emocional. Pero la emoción tampoco es Dios.

    La creación puede hablarme de su Creador. Puede conducirme a Él. Puede despertar en mí admiración por todo lo creado. Pero no debo confundir la obra con el Autor.

    Suena tal vez obvio. Pero deja de serlo cuando perdemos esa perspectiva.

    Y la perdemos cuando comenzamos a darle el nombre del Autor a cada obra creada.

    Dios está presente en todo, pero no todo es Dios

    Otro punto para reflexionar y diferenciar.

    La fe católica enseña que Dios está presente en su creación. Vivimos en Él. Existimos porque Él nos sostiene. Nada puede existir independientemente de Él.

    Importante comprender esta definición: una cosa es decir que Dios está presente en la creación y otra muy distinta decir que la creación es Dios.

    El P. Lombardo insiste en esta distinción: Dios es “Otro”, distinto de la criatura. Trasciende el mundo y la historia y, precisamente porque es Creador, puede estar íntimamente presente en aquello que ha creado sin identificarse con ello.

    Y esto nos regala un hermoso entendimiento:

    • Dios está más cerca de mí de lo que puedo imaginar. Pero no soy Dios.
    • La naturaleza revela algo de Él. Pero la naturaleza no es Dios.
    • El universo existe por Él. Pero el universo no es Dios.
    • Mi alma procede de su acción creadora. Pero no es una porción de Dios atrapada dentro de mi cuerpo esperando regresar al Todo.

    En sencillas palabras:

    Soy criatura.

    Él es Creador.

    ¿Y lo hermoso de ello?

    Que aunque la distancia entre ambos parece infinita, Él quiso acercarse.

    Y eso es muchísimo más sorprendente que decir simplemente que “todo es Dios”.

    Si todo es Dios, entonces Dios termina no siendo nadie

    A primera vista, decir “Dios está en todo y todo es Dios” puede parecer una idea espiritual muy profunda.

    Incluso puede sonar hermosa.

    Pero cuando uno empieza a pensarla con calma aparecen problemas.

    Si Dios es el árbol...

    Y también la piedra...

    Y también yo...

    Y también tú...

    Y también todo cuanto existe...

    Entonces la diferencia entre Dios y la creación desaparece.

    Y si desaparece esa diferencia, también comienza a desaparecer la posibilidad de relación.

    Porque ya no hay un “yo” frente a un “Tú”.

    Todo queda absorbido dentro de una misma realidad.

    • La oración deja de ser encuentro. Se vuelve introspección.
    • La salvación deja de venir de Otro. Se vuelve descubrimiento interior.
    • El pecado deja de ser ruptura con Dios. Se vuelve ignorancia de mi propia divinidad.

    Y Cristo deja de ser Salvador.

    Porque si yo ya poseo lo divino por naturaleza, ¿de qué necesitaría ser salvado?

    Creo que aquí empieza a notarse por qué una idea aparentemente pequeña acerca de Dios termina cambiando absolutamente todo.

    El dios que invento siempre se parece demasiado a mí

    Hay algo que personalmente me parece todavía más incómodo.

    Resulta relativamente sencillo detectar cuando alguien dice:

    “Dios es energía”.

    Pero es más difícil detectar cuándo yo mismo estoy construyendo un dios a mi medida.

    • Un dios que aprueba siempre mis decisiones.
    • Un dios que nunca me pide aquello que no quiero darle.
    • Un dios que comparte mis opiniones.
    • Un dios que justifica mis rencores.
    • Un dios que entiende perfectamente por qué yo sí puedo hacer aquello que condeno en otros.
    • Un dios que siempre termina estando de mi lado.

    Y aquí aparece algo todavía más peligroso: ya no necesito Nueva Era para fabricar un dios a mi medida.

    Puedo hacerlo perfectamente dentro del catolicismo.

    • Puedo tener crucifijos.
    • Ir a misa.
    • Rezar el rosario.
    • Hablar de doctrina.

    Y aun así fabricar una imagen de Dios según mis intereses.

    Es peligroso porque una cosa es adorar a Dios y otra muy distinta es utilizar a Dios para adorar mis propias ideas.

    Dios supera aquello que puedo comprender

    Podemos conocer verdaderamente algo de Dios.

    1. La razón puede acercarse.
    2. La Revelación nos permite conocer muchísimo más.
    3. Cristo nos muestra al Padre.

    Pero Dios siempre será infinitamente mayor que aquello que yo pueda comprender.

    Esto también exige humildad.

    • No puedo encerrar a Dios dentro de una definición.
    • No puedo dominarlo intelectualmente.
    • No puedo convertirlo en un concepto que tengo completamente resuelto.

    Puedo conocerlo verdaderamente sin conocerlo completamente.

    Y quizá ahí está otra diferencia con ciertas propuestas espirituales actuales.

    El hombre moderno quiere dominar.

    • Quiere técnicas.
    • Métodos.
    • Claves.
    • Secretos.
    • Procedimientos.

    “Cinco pasos para atraer...”
    “Una frecuencia para conseguir...”
    “Una técnica para manifestar...”
    “Una fórmula para conectar...”

    Queremos controlar hasta lo espiritual.

    Pero Dios no es una fuerza que aprendo a manipular.

    Es Dios.

    No está a mi disposición.

    Soy yo quien debe ponerse a la suya.

    ¿Quiero encontrar a Dios o aprender a utilizar lo espiritual?

    ¿Qué estoy buscando realmente?

    ¿A Dios?

    • ¿O poder?
    • ¿O seguridad?
    • ¿O sentirme protegido?
    • ¿O conseguir lo que deseo?

    Porque puedo decir que estoy buscando espiritualidad cuando en realidad estoy buscando control.

    Y ahí la Nueva Era resulta particularmente atractiva.

    • Me dice que puedo atraer.
    • Manifestar.
    • Decretar.
    • Elevar mi vibración.
    • Controlar energías.
    • Alinear realidades.
    • Despertar capacidades.

    Todo parece regresar hacia mí.

    • Mi poder.
    • Mi conciencia.
    • Mi energía.
    • Mi voluntad.
    • Mi potencial.

    Pero el cristianismo hace algo completamente diferente.

    Me saca del centro.

    Y coloca a Dios.

    “Hágase tu voluntad”.

    No la mía.

    ¡Cuánto cuesta aceptarlo!

    Ceder nuestra voluntad. Aun sabiendo que a quien se la debo ceder me ama, me cuida, me acerca a Él y busca mi bien.

    Un Dios personal también puede decirme que no

    Una energía nunca me dice que no.

    Un universo impersonal tampoco.

    Puedo interpretar cualquier acontecimiento como quiera.

    Pero una persona tiene voluntad.

    Y si Dios es personal, entonces su voluntad no necesariamente coincide con la mía.

    Esto cambia la oración.

    Orar ya no es utilizar palabras para producir resultados.

    • Es hablar.
    • Escuchar.
    • Pedir.
    • Agradecer.
    • Llorar.
    • Guardar silencio.
    • Y también aceptar.

    Es encontrarme con Alguien.

    Aceptar incluso cuando la respuesta no es la que yo esperaba.

    Ahí aparece una espiritualidad muy diferente.

    No controlo.
    Confío.

    No decreto.
    Pido.

    No manifiesto.
    Recibo.

    No manipulo lo invisible.
    Me abandono en el Padre.

    Y con esto comenzamos a darnos cuenta de la diferencia tan enorme que hay entre una espiritualidad genérica y la fe católica, que nos invita a conocer a Dios desde su persona y no desde la banalidad.

    El Dios cristiano tiene rostro

    Después de todo esto aparece inevitablemente Jesucristo.

    Porque nuestra fe no habla simplemente de un Dios lejano e inaccesible.

    El Dios trascendente quiso entrar en nuestra historia.

    Y aquí el cristianismo vuelve a romper cualquier esquema.

    • El Dios que no puedo contener con mi inteligencia se deja ver.
    • El Dios que creó el universo asume nuestra carne.
    • El Dios eterno entra en el tiempo.
    • El Creador se aproxima a su criatura.

    No como energía.
    No como vibración.
    No como una chispa de conciencia.

    Como Persona:

    Jesucristo.

    Y entonces comprender que Dios es “Alguien” deja de ser solamente una cuestión filosófica.

    • Tiene rostro.
    • Tiene voz.
    • Tiene manos.
    • Llora.
    • Ama.
    • Perdona.
    • Sufre.
    • Muere.
    • Resucita.

    Dios no me pidió encontrarlo escondido dentro de una frecuencia.

    Salió a buscarme.

    Quizá no necesito una nueva idea de Dios

    Vivimos rodeados de nuevas definiciones.

    “Nueva conciencia”.
    “Nueva espiritualidad”.
    “Nueva forma de entender lo divino”.

    Y no niego que necesitamos aprender a explicar nuestra fe a cada época.

    Pero una cosa es encontrar nuevas palabras para transmitir la verdad.

    Y otra muy distinta cambiar la verdad para adaptarla a nuestra época.

    Quizá no necesito una nueva versión de Dios.

    Quizá necesito conocer mejor al Dios en quien afirmo creer.

    • Al Dios de Abraham.
    • Al Dios de Isaac.
    • Al Dios de Jacob.
    • Al Dios de María.
    • Al Dios al que Pablo pertenecía.
    • Al Dios que se reveló.
    • Al Dios que se hizo hombre.
    • Al Padre de Jesucristo.

    Ese Dios no es una idea.

    • No es energía.
    • No es universo.
    • No es proyección de mi conciencia.

    Es Alguien.

    Conclusión: ¿quién es el Dios al que sirvo?

    Y cerrando este capítulo, la pregunta a la cual me debo responder es:

    ¿Quién es realmente el Dios al que sirvo?

    No el Dios del que hablo.

    No el Dios que escribo en una publicación.

    No el Dios que digo defender.

    El Dios al que realmente entrego mi vida.

    Porque mis decisiones quizá respondan mejor que mis palabras.

    • Si busco controlar, tal vez mi dios sea mi seguridad.
    • Si todo debe adaptarse a mí, quizá mi dios sea mi propia voluntad.
    • Si necesito energías, tal vez todavía no confío completamente en la gracia.
    • Si pongo mi esperanza en el universo, quizá he dejado de mirar al Creador.

    Y si Dios nunca me contradice...

    quizá debería preguntarme si sigo hablando con Él o solamente conmigo mismo.

    No quiero creer en “algo”.

    Quiero creer en Alguien.

    No quiero una fuerza que pueda aprender a manejar.

    Quiero un Padre en quien pueda confiar.

    No quiero una espiritualidad que me coloque en el centro.

    Quiero una fe que me enseñe nuevamente quién es Dios y quién soy yo.

    • Criatura.
    • Hijo.
    • Amado.
    • Dependiente de su gracia.
    • Y llamado a volver hacia Él.

    Porque Dios no es energía.

    Dios no es el universo.

    Dios no es una idea que adapto a mis necesidades.

    Dios es Dios.

    Y yo le pertenezco.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


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