«Sed sumisos unos a otros en el temor de Cristo: las mujeres, a sus maridos, como al Señor [...] Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella».
Efesios 5,21-25
Hay textos de la Biblia que resultan muy sencillos de citar cuando queremos iniciar una discusión y bastante más incómodos cuando decidimos leerlos completos.
Este es uno de ellos.
Basta tomar una sola frase de san Pablo —“las mujeres estén sumisas a sus maridos”—, separarla de todo lo que viene antes y después, y tendremos material suficiente para presentar al cristianismo como una religión diseñada para colocar al hombre por encima de la mujer. También, lamentablemente, podría utilizarse esa misma frase para justificar conductas que nada tienen que ver con el Evangelio: control, autoritarismo, silenciamiento e incluso diferentes formas de abuso.
Pero entonces aparece un pequeño problema.
San Pablo escribió algo más.
Un versículo antes había dicho: “Sed sumisos unos a otros”. Y pocas líneas después le exige al esposo algo que, si realmente se comprende, resulta difícil interpretar como un privilegio masculino: le pide amar a su esposa como Cristo amó a la Iglesia.
¿Y cómo la amó Cristo?
Entregándose por ella.
Ahí cambia bastante la conversación.
Porque si queremos hablar seriamente de la “sumisión” en el matrimonio cristiano, entonces tendremos que hablar también del hombre dispuesto a entregar su vida, a renunciar al egoísmo, a servir, cuidar, respetar y colocar el bien de su esposa incluso por encima de su propia comodidad.
Eso ya no se parece demasiado al machismo.
Se parece más a la cruz.
Una palabra que hoy resulta incómoda
Hay que reconocerlo. La palabra sumisión produce rechazo casi inmediatamente.
Y existen razones para ello.
Durante siglos, muchas mujeres han vivido situaciones reales de desigualdad, subordinación, violencia y falta de reconocimiento. Incluso el lenguaje religioso ha sido utilizado algunas veces para justificar comportamientos que no proceden del Evangelio.
No tendría sentido negarlo.
Pero tampoco sería correcto cometer el error contrario: asumir que, porque una palabra ha sido utilizada de manera equivocada, la enseñanza bíblica también debe ser equivocada.
Quizá antes de desecharla tendríamos que preguntarnos qué significa realmente dentro del texto.
San Juan Pablo II hizo precisamente esa lectura al reflexionar sobre Efesios. La relación entre el hombre y la mujer, explicó, debe entenderse desde aquello que san Pablo escribe primero: la sumisión recíproca de los esposos en Cristo.
- No es una relación entre superior e inferior.
- No es amo y sirvienta.
- No es alguien que ordena y otra persona que obedece sin pensar.
Es algo mucho más difícil porque compromete a ambos.
Significa dejar de vivir únicamente desde el “yo”.
Y quizá ahí empieza el verdadero escándalo del matrimonio cristiano.
Porque un esposo ya no puede tomar todas sus decisiones pensando solamente en sí mismo.
Y una esposa tampoco.
Ahora existe un “nosotros”.
No porque ninguno de los dos desaparezca, sino porque ambos han decidido libremente entregarse a alguien más.
Antes de san Pablo estaba el Génesis
Para entenderlo quizá debamos regresar todavía más atrás.
Al principio.
Cuando el Génesis presenta la creación de la mujer, utiliza una expresión que también ha sido frecuentemente malinterpretada:
«Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Gn 2,18).
Al leer “ayuda”, alguien podría imaginar una posición secundaria. Como si Dios hubiera creado primero al protagonista y después hubiera añadido a alguien que le asistiera.
Pero el relato continúa y la reacción de Adán es completamente distinta:
«Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2,23).
No está descubriendo una subordinada.
Está reconociendo a alguien de su misma humanidad.
El Catecismo lo expresa de una manera especialmente bella: el hombre descubre en la mujer “otro yo” de la misma humanidad. Ambos tienen la misma dignidad como personas y están hechos el uno para el otro en una comunión donde cada uno puede ser ayuda para el otro. Dios no los creó “a medias” esperando que alguien completara a un ser humano incompleto; los creó plenamente personas y, al mismo tiempo, capaces de entregarse y complementarse en la diferencia.
Eso cambia también nuestra manera de hablar del “complemento”.
La esposa no existe para completar a un hombre defectuoso.
El esposo tampoco existe para completar a una mujer incompleta.
Ambos son personas completas.
Pero juntos pueden formar algo que ninguno de los dos puede construir exactamente igual en solitario: una comunión de vida, una sola carne, una familia y una historia compartida.
El pecado es el que introduce el dominio
Hay otro detalle que algunas veces olvidamos cuando recurrimos al Génesis.
La dominación del hombre sobre la mujer no aparece presentada como el proyecto original de Dios.
Aparece después del pecado.
Cuando Génesis 3,16 habla de que el hombre “dominará” a la mujer, no está entregando un mandamiento al esposo. Está describiendo una de las rupturas que el pecado introduce en la relación entre ambos.
San Juan Pablo II fue muy claro en Mulieris dignitatem: la mujer no puede convertirse en objeto de dominio o posesión masculina. Aquella tendencia pertenece al desorden producido por el pecado, no al proyecto originario de Dios.
Esto me parece fundamental.
Porque utilizar la Biblia para justificar que un hombre domine a su esposa significaría terminar defendiendo como voluntad de Dios aquello que la propia Escritura presenta como consecuencia de la caída.
Cristo viene precisamente a restaurar.
No a profundizar la herida.
Entonces, ¿qué significa “someterse”?
Quizá podamos entenderlo mejor si por un momento quitamos de nuestra cabeza la imagen de alguien arrodillado bajo la autoridad de otro.
En el matrimonio cristiano, la sumisión tiene mucho más que ver con poner voluntariamente la propia vida al servicio del bien del otro.
Y eso funciona en ambas direcciones.
- La esposa entrega.
- El esposo entrega.
- La esposa escucha.
- El esposo escucha.
- Ambos aprenden a renunciar.
- Ambos aprenden a servir.
- Ambos aprenden a pedir perdón.
- Ambos tendrán momentos en los que deberán colocar las necesidades del otro por encima de las propias.
Por eso san Pablo no termina Efesios 5 diciéndole al hombre: “Haz que tu mujer te obedezca”.
Le dice algo mucho más incómodo:
Ámala como Cristo amó a la Iglesia.
Y Cristo no amó desde un trono exigiendo ser servido.
- Se arrodilló para lavar pies.
- Perdonó.
- Sirvió.
- Y finalmente extendió los brazos sobre una cruz.
Si alguien pretende utilizar Efesios 5 para exigir obediencia absoluta a su esposa, entonces debería estar dispuesto a leer con la misma seriedad el versículo que le corresponde a él.
Porque resulta muy cómodo reclamar la “sumisión” de la mujer mientras olvidamos la crucifixión del ego que san Pablo exige al marido.
Dios nunca trató a la mujer como un personaje secundario
Existe además otro problema para la idea de un Dios que supuestamente desprecia o disminuye a la mujer: hay que ignorar buena parte de la propia historia de salvación para sostenerla.
Basta observar cómo actúa Jesús.
- Habla públicamente con la samaritana cuando los prejuicios sociales y religiosos hacían aquello incómodo (Jn 4).
- Permite que María de Betania se siente a sus pies en posición de discípula (Lc 10,38-42).
- Defiende a la mujer sorprendida en adulterio frente a aquellos hombres preparados para lapidarla, pero al mismo tiempo la llama a una vida nueva (Jn 8,1-11).
- Recibe a mujeres entre quienes lo siguen.
- Se deja tocar por ellas.
- Las escucha.
- Las sana.
- Las devuelve a la comunidad.
Y después de la Resurrección ocurre algo especialmente significativo.
Entre los primeros testigos se encuentran mujeres.
María Magdalena recibe el anuncio y es enviada a comunicar a los discípulos que Cristo vive.
Difícilmente podemos sostener seriamente que el Evangelio considera irrelevante la voz de la mujer.
Y todavía falta mirar hacia una mujer en particular.
María
Si Dios hubiera querido demostrar que la mujer ocupa un lugar secundario dentro de su proyecto, escogió una manera bastante extraña de hacerlo.
Decidió entrar en la historia humana pidiendo el consentimiento de una mujer.
María no aparece como un instrumento pasivo.
- Pregunta.
- Discierne.
- Escucha.
- Y responde.
«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
Ese fiat no es la respuesta de alguien aplastado por Dios.
Es el acto libre de una mujer que decide colaborar con Él.
Y de aquel sí comienza algo que cambia la historia.
El Verbo se hace carne.
María lleva a Cristo dentro de sí.
Lo entrega al mundo.
Lo acompaña durante su vida y permanece junto a Él cuando muchos se han ido.
Al pie de la cruz todavía está ahí.
Resulta difícil encontrar una imagen más poderosa de la mujer dentro del cristianismo.
Por eso cuando la Iglesia habla de dignidad femenina no necesita importar una idea ajena al Evangelio para descubrirla. Está ahí desde el principio.
Juan Pablo II llegó a hablar del “genio femenino” precisamente para reconocer esa aportación específica de la mujer a la humanidad y a la Iglesia.
El problema nunca fue que hombre y mujer fueran diferentes
Tal vez otra parte de nuestra confusión contemporánea provenga de pensar que para reconocer la misma dignidad debemos negar cualquier diferencia.
La Iglesia no enseña eso.
Hombre y mujer poseen exactamente la misma dignidad personal porque ambos han sido creados a imagen de Dios.
Pero igualdad de dignidad no significa identidad absoluta.
Y diferencia tampoco significa jerarquía.
Un hombre no vale más porque sea hombre.
Una mujer no vale menos porque sea mujer.
Pero tampoco necesitamos convertir al hombre y a la mujer en seres intercambiables para afirmar que ambos poseen el mismo valor.
Dentro del matrimonio, esas diferencias pueden convertirse en riqueza cuando dejan de utilizarse para competir y comienzan a ponerse al servicio del otro.
Entonces el matrimonio deja de preguntarse quién manda.
Empieza a preguntarse:
¿Cómo podemos caminar juntos?
Quizá también hemos entendido mal el liderazgo
Aquí aparece una cuestión que algunas veces incomoda especialmente a los hombres.
¿Qué significa entonces que el marido sea llamado “cabeza” de la mujer?
Si seguimos utilizando la analogía de san Pablo, tampoco podemos inventar la respuesta.
Debemos mirar nuevamente a Cristo.
Cristo es cabeza de la Iglesia.
¿Y qué hace la Cabeza?
- La ama.
- La sirve.
- La santifica.
- Da la vida por ella.
Por tanto, cualquier interpretación de la autoridad matrimonial que conduzca al egoísmo, al control, a la humillación o al miedo ya se apartó del modelo.
El liderazgo cristiano tiene una característica bastante incómoda: quien quiere ser primero debe aprender a servir.
Jesús se lo explicó a sus discípulos cuando discutían precisamente sobre posiciones de poder:
«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor» (Mt 20,26).
El esposo cristiano no recibe permiso para convertirse en pequeño dictador de su casa.
Recibe una misión mucho más exigente.
- Ser el primero en amar.
- El primero en servir.
- El primero en proteger.
- El primero en pedir perdón cuando se ha equivocado.
- El primero en poner a Cristo en el centro.
Y probablemente también el primero dispuesto a sacrificarse si alguna vez fuera necesario.
Eso sí se parece a Cristo.
Una sola carne, no un dueño y una posesión
Cuando un hombre y una mujer se casan sacramentalmente sucede algo que va mucho más allá de establecer una sociedad para administrar una casa.
«Serán los dos una sola carne» (Gn 2,24; Ef 5,31).
San Pablo incluso dice al esposo que amar a su mujer equivale a amarse a sí mismo.
Aquí la lógica del dominio empieza a resultar absurda.
- ¿Cómo humillar aquello que forma parte de ti?
- ¿Cómo destruir emocionalmente a quien prometiste amar?
- ¿Cómo utilizar la fe para controlar a aquella persona a quien Dios te pide cuidar como tu propia carne?
Y la misma pregunta puede formularse en dirección contraria.
- ¿Cómo despreciar constantemente al esposo?
- ¿Cómo manipularlo?
- ¿Cómo utilizar sus errores para quitarle dignidad?
- ¿Cómo competir permanentemente por demostrar quién tiene más poder dentro de la relación?
La llamada cristiana supera esa competencia.
No pregunta quién está encima.
Pregunta cómo los dos pueden llegar juntos a Dios.
Tal vez la verdadera sumisión sea más difícil de lo que pensábamos
Quizá por eso sería un error resolver Efesios 5 diciendo simplemente: “Ese texto pertenece a otra época y ya no importa”.
Importa.
Y mucho.
Solo que quizá no dice lo que algunas veces hemos querido hacerle decir.
Francisco, en Amoris laetitia, retoma precisamente este pasaje y recuerda que san Pablo utiliza categorías culturales propias de su tiempo, pero que debajo de ese ropaje permanece el mensaje revelado: una pertenencia mutua libremente elegida, marcada por fidelidad, respeto y cuidado.
Dicho de otra manera, el Evangelio no elimina la palabra sumisión.
La transforma.
La convierte en entrega recíproca.
Y cuando se entiende así, ya no parece una invitación a que la mujer desaparezca detrás del hombre.
Parece una invitación para que ambos desaparezcan un poco detrás de Cristo.
Quizá ahí esté el verdadero camino de santidad.
Porque amar a alguien durante toda la vida implica muchas veces someter el propio orgullo.
- Someter el egoísmo.
- Someter las ganas de tener siempre la razón.
- Someter la tentación de abandonar cuando las cosas dejan de ser sencillas.
Y eso le corresponde tanto al esposo como a la esposa.
¿Machismo patriarcal o camino de santidad?
Entonces quizá la pregunta del título estaba incompleta.
Si por sumisión entendemos que una mujer debe soportar humillaciones, violencia, abuso, silenciamiento o la voluntad arbitraria de su marido, no estamos describiendo el matrimonio cristiano.
Estamos describiendo una deformación.
Y ninguna cita bíblica debería utilizarse para justificarla.
Pero si entendemos la sumisión desde Efesios 5,21 —“unos a otros en Cristo”— entonces estamos hablando de algo completamente distinto.
Estamos hablando de dos personas que libremente han decidido que su vida ya no será únicamente propia.
- De un hombre dispuesto a amar a su esposa hasta entregarse por ella.
- De una mujer que responde desde el amor, el respeto y su propia dignidad.
- De dos personas diferentes, iguales en dignidad, que se convierten en ayuda recíproca.
- De un matrimonio donde ninguno necesita disminuir para que el otro pueda crecer.
Y de dos esposos que comprenden finalmente que el objetivo no consiste en determinar quién debe caminar delante.
El objetivo es llegar juntos.
Tal vez por eso el matrimonio cristiano no encuentra su imagen perfecta en un esposo encima de su esposa ni en una esposa debajo de su esposo.
La encuentra mucho mejor mirando hacia el altar.
Dos personas una junto a la otra.
- Ambas mirando en la misma dirección.
- Ambas delante de Dios.
- Ambas necesitadas de gracia.
- Ambas aprendiendo a entregar la vida.
Y Cristo en medio.
Quizá esa sea finalmente la “sumisión” que tanto incomoda al mundo.
No la de una mujer sometida a un hombre.
Sino la de un hombre y una mujer que, amándose libremente, deciden someter juntos su matrimonio a Cristo.
Y eso ya no es machismo.
Es otra cosa mucho más exigente.
Es camino de santidad.
Reflexión de: Juan Gonzalo Sotelo P.

